Bajo el sol candente que dora la piel de la tierra azuerense, late un corazón nuevo. Es un latido que no inventó el presente, sino que lo heredó de generaciones que bailaron sobre el polvo del camino, que cantaron penas y alegrías al compás de un acordeón y que vistieron de colores la fe de un pueblo. Son las nuevas generaciones de guarareños, niños y jóvenes en cuyas manos no se apaga la tea, sino que se renueva con una llama más vibrante, más consciente y profundamente amorosa.
Se dice que Guararé no solo se ve, se siente. Y en el sentir de estos niños, la tradición no es un museo polvoriento, sino un río caudaloso en el que se sumergen con alegría. Son semillas de zaracundé que brotan en tierra fértil, educados no con regaños, sino con el ejemplo festivo. Aprenden que el punto no es solo un baile, es la elegancia de un saludo, el coqueteo de una pollera que gira como un torbellino de capricho, el diálogo mudó de los pies que repican sobre la tarima contando historias sin palabras.
En sus aulas, la geografía se aprecia con el trazo de un lienzo con arabescos, la historia con el repicar de un tambor y las matemáticas con la cuenta exacta de los motivos de un tembleque. La educación es el pilar, el incentivo sagrado. Maestros con alma de folkloristas les muestran que ser moderno no es borrar lo antiguo, sino entenderlo para llevarlo con orgullo. Les enseñan que cada grito de “¡Viva La Pollera!” en un desfile no es solo una exclamación, es un juramento silencioso de preservación.
Y en este jardín de nueva tradición, florece con gracia singular Tiana Patricia Batista. Ella es el espejo donde se miran tantos otros. Una niña de raíces guarareñas profundas, cuya belleza no solo reside en su rostro, sino en la elegancia con la que lleva puesta la herencia. Esta hermosa niña fue coronada como la Reina del Festival Infantil Virgen de las Mercedes.
Cuando Tiana se viste de gala, no solo se pone un traje; se envuelve en la paciencia de la artesana que bordó cada talco, en la sabiduría de quien tejió los cabellos con peinetas de flores, en la fuerza de la mujer panameña que camina con la cabeza alta y el corazón anclado a la tierra.
A ella no le fue impuesto el folklore; le fue contado como un cuento maravilloso por aus abuela, le fue cantado en coplas por sus padres, le fue bailado en el portal de su casa. Le inculcaron el amor no como una obligación, sino como un privilegio. Y ese amor se le nota en la mirada, en la sonrisa que ofrece al público, en la solemnidad con la que pisa el suelo que sus abuelos pisaron. Tiana no representa; ella es. Es la encarnación viviente de que la tradición, cuando se siembra con cariño, da frutos eternos.
Estos niños, como Tiana, son los nuevos guardianes de la cumbia, la mejorana y el tambor. Son la promesa de que las fiestas patrias no serán un mero feriado, sino un renacer anual de la identidad. Son los artesanos del futuro que pintarán con los colores del pasado, los músicos que mezclarán nuevas notas con las antiguas melodías, los poetas que encontrarán nuevas palabras para cantarle a la misma tierra.
Que sigan así, con el alma vibrante de colores, el corazón profundo como el sonido de la mejorana y el espíritu creativo para llevar nuestro Panamá en lo más alto. Porque ellos son el futuro, pero también son el presente más valioso. Son la garantía de que en Guararé, y en todo Panamá, el folklore no se recordará, se vivirá. Se vivirá en cada niña que, como Tiana Patricia Batista, lleve su pollera no como un disfraz, sino como su segunda piel, el manto brillante de una herencia que jamás se extingue. ¡Que viva la nueva generación! ¡Que viva la tradición que renace!